Pánico en el Sahara. Una de terroristas.

Cae la noche en el oasis. El entorno es idílico.
Hace días que nos movemos por la “zona roja” del Sahara mauritano, aquella que las autoridades españolas desaconsejan visitar hasta la fecha, salvo fuerza mayor. El motivo: la cercanía con la frontera del norte de Mali, zona en la que se libra una guerra tribal desde hace años, y por los secuestros a turistas ocurridos años anteriores a mano de terroristas simpatizantes de Boko Haram.

A pesar de todo, hace casi 10 años que el desierto de Mauritania vive su habitual tranquilidad y todo lo que allí acontece lo hace con el silencioso testigo de las interminables dunas doradas, entre acacias solitarias y con la complicidad del viento, que todo sobre la arena lo borra sin mayor repercusión más allá de sus fronteras.

No íbamos a tener tan mala suerte nosotros, un negro con poca pinta de marroquí , y una blanca con poca pinta de tener dinero, de ser el punto de mira de nadie ¿o sí?

 

La noche es clara y una brisa no demasiado cálida mece las ramas de los frondosos árboles que flanquean la entrada del patio, dando un poco de tregua a las abrasadoras horas diurnas.

Descansamos sobre nuestros colchones tendidos en el techo de una de las habitaciones. El calor en el interior es insoportable y la ubicación del campamento privilegiada, al inicio del cañón donde se asienta el oasis, alzado varios metros sobre el pueblo de apenas 20 casas, nos regala una preciosa panorámica de la meseta sahariana que hemos atravesado para llegar hasta allí.
A ambos costados, las vastas paredes de estratos del cañón, dibujando su silueta en la noche estrellada del Sahara, con esos cielos que quitan el sueño.
Y así, entre la emoción de los momentos vividos, la sobredosis de tés a deshoras, aquel abominable cielo sobre nuestras cabezas, el cansancio físico acumulado por toda la estimulación y el calor, me debato entre el sueño y la vigilia aquella madrugada.

 

 

A penas estoy cogiendo el sueño cuando me desvelan los primeros disparos.
Suenan muy lejos, pero en el silencio del vacío desierto, su eco se propaga hasta el oasis.

Un mal pensamiento me invade y un escalofrío me recorre el cuerpo.
Trato de volver a conciliar el sueño. Kada ya duermes junto a mí.

Minutos después unas luces de automóvil muy lejanas emprenden la marcha. Serpentean por las pistas del desierto. Aparecen y desaparecen en la lejanía, por la irregularidad del accidentado terreno.

De nuevo los disparos, esta vez un poco más cerca.
Mi cuerpo tiembla ligeramente, respiro hondo, mente en blanco.
En mi dispersa imaginación se cuelan los peores intrusos que me podían acompañar en aquellos momentos: un tal Mokhtar Belmokhtar, alias El Tuerto,  se entremezclan con todas aquellas noticias que me empeñé en leer días previos, para empaparme del caso del secuestro de los cooperantes catalanes acontecido en el 2009 en el país. Puro masoquismo.

 

 

Los nervios me superan, Siento retortijones.
La luz vuelve a acercarse siguiendo el mismo ritual. Más disparos retumban en la lejanía. Despierto a Kada.
Le desvelo con miedo mi temor “¿escuchas esos disparos?”, le pregunto con la voz temblona.
El también los escucha, pero decide dar la vuelta en su colchón y seguir durmiendo, pues aquellos disparos quedan muy lejanos y serán los militares de alguno de los numerosos cuarteles que pasamos días antes.

A mí ya me puede el insomnio y el terror cuando compruebo cómo después de cada disparo las luces vuelven a serpentear por el desierto y parecen acercarse cada vez más.

Zarandeo con cuidado a Kada y le pido que vayamos a escondernos a algún lugar. Le explico como esos terroristas que van pegando tiros por el desierto a cada militar que se cruza en su camino, vienen a por mí; la blanca solitaria que pasea por “zona roja” de la mano de aquel negro de nacionalidad inadivinable.
Kada, con su habitual serenidad, me invita a mantener la calma y relajarme, pero yo ya estoy fuera de mí.

Mi mente solo piensa en posibles escondites. Me siento diminuta e indefensa en un oasis demasiado mal ubicado para planear una huida.
Estamos atrapados al fondo del cañón. Encerrados en la boca del lobo.
No puedo más que agazaparme en algún rincón y temblar, o llegados a este punto, rezar!
Bajo las cochambrosas escaleras que conducen al techo sobre el que pretendíamos dormir. Abajo me siento ridícula y vuelvo a subir nerviosa.
Kada reacciona muy lento, aún está medio dormido.

 

 

 

Entre todo ese trasiego, los disparos siguen sonando. Ya está muy cerca.
Las luces se dirigen claramente hacia el pueblo. Por la distancia calculo que ya superaron el último control militar y se encaminan hacia el oasis.
Me resigno a mi suerte con los esfínteres a punto de la incontinencia.
Aguanto la respiración y los veo acercarse. Las luces deslumbrantes parece que nos apuntan directas, pero solo es esa falsa percepción que las llanuras del desierto dan al circular los todoterrenos por sus continuos baches.

 

El coche avanza sin prisa, sabe que no hay escapatoria para alguien desconocedor de aquellas hamadas, y entonces se detiene a tan solo 20 metros de dónde nos encontramos, y vuelven a sonar disparos, esta vez el sonido es más claro debido a la cercanía, y suena más a chapa que a plomo de escopeta.

Pasan unos minutos y no ocurre nada.

Nada, salvo que unas pocas personas del pueblo han subido a un desvencijado y ruidoso transporte que se aleja lento deshaciendo el camino por el que ha venido, probablemente dirección Nuakchot, la capital, a bastantes horas de distancia de allí.

 

Mi corazón vuelve a la normalidad. Kada no sabe si reír o llorar, y yo me siento  la persona más ridícula del mundo.
“De la que me he librado”, pienso mientras veo el coche alejarse repartiendo “disparos” en la madrugada.

“¿quién iba a querer secuestrarme a mí?!!” río para mis adentros… “¡Menuda película me he montado!”

El agotamiento me hizo conciliar el sueño rápidamente y poco después, el amanecer nos devolvió el calor y la maravillosa vista del pueblo de Terjit y su frondoso oasis.

Más kilómetros de desierto y nuevas aventuras aún están por venir.

 

 

Oda al viajero, con miedo, pero viajero

Este texto es un homenaje a todos aquellos viajeros y viajeras con miedo y sentido común.
Miedos que escuchan, atienden y mantienen a raya cuando es necesario.
Viajeros que no se dejan amedrentar por esos temores y aún así viajan, y a veces viven anécdotas como esta, o similares, y a pesar de todo, se ríen de ellos mismos.
Viajeros generosos que cuentan sus “películas” a los demás para que se sientan un poco menos ridículos.

¡Que el miedo nos proteja, pero no nos limite!

 

 

Carretera y manta: sin fronteras (transahareando)

Este post forma parte de una serie temática llamada “Carretera y manta: sin fronteras (transahareando)”
Empezó con una frontera cerrada y finalizó con un gran viaje inesperado, y muchas sorpresas.

Lee las publicaciones en orden aquí:

 

 

 

 

 

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