Los días tranquilos de Abéné

 

Abéné es un pueblo perteneciente a la parte noroeste de la Casamance, muy cerca de la frontera con Gambia.
A menudo pasa desapercibido por aquellos que van a visitar las paradisíacas playas e islas de la Casamance.
Famoso por su festival, parece que el resto del año no haya mucho que hacer aquí, más que contemplar el ritual del té, saborearlo y disfrutar de atardeceres africanos meciéndose en una hamaca que pende de dos árboles…
o quizás verlos desde la orilla, mientras se pasea por playas salvajes de aguas cálidas.

 

Abene. Casamance

 

La cabaña sin electricidad en la que nos alojábamos consistía en una pequeña y sencilla construcción de cemento, con forma cilíndrica distribuida en pequeñas y diáfanas habitaciones, el techo de madera y paja, con forma cónica y un acogedor porche dónde transcurrían las veladas arropados por el sonido del kora, a la luz de las velas.
Afuera abundaba la vegetación; palmeras, mangos y otros arboles frutales y plantas de la zona se extendían alrededor de la casa en todas las direcciones.

Una pequeña pista de tierra conducía hasta un rudimentario puente a base de troncos y ramas que cruzaba el cauce de un río seco en aquella época, que el agua había escavado.

Al otro margen, la vegetación iba desapareciendo y el camino conducía directamente al mar.
Ante la vista se expandía una vasta playa salvaje sin fin.
Por la mañana las mujeres del pueblo, se acercaban hasta allí para recoger chirlas, mientras nosotros disfrutábamos de un plácido baño y recogíamos unas pocas para cocinarlas luego.
Por la noche, aun mas tranquila, se aventuraban a recorrer sus orillas grandes cangrejos y otros crustáceos de gran tamaño, haciéndose reyes de la playa en la oscuridad.

Al otro lado de la casa, otro conjunto de caminos se bifurcaban en diferentes direcciones, algunas de ellas llevaban hasta el pueblo de Abene, paseando por jardines de mangos donde la música resonaba por cada rincón.
Grupos de jóvenes de la zona se reunían a menudo para compartir momentos musicales y bailar danza africana.

 

Abene. Casamance

Abéné creció entorno a un árbol sagrado: La ceiba

De lejos pareciera que una multitud de serpientes treparan el tronco del árbol.
En realidad se trata de la unión de varias ceibas fusionadas en una. Sus grandes troncos se elevan del suelo retorciéndose unos con otros y formando hoscas cavidades, culminando en frondosas y estilizadas ramas, con hojas que confieren una buena sombra a un puñado de metros de diámetro, y es que las ceibas pueden medir mas de 50 metros de altura.

 

Y así, entre paseos al pueblo al ritmo de las darbukas que resuenan en sombreados jardines de mangos, tés y más tés y baños en el mar… se nos escapan de las manos los días tranquilos en Abéné.
Pero sin duda, a pesar de tanta calma, la gran experiencia del lugar fue ver aquellas mujeres danzando a mujeres danzando… aunque estas, merecen un texto aparte.

 

Abene. Casamance

Soy Alicia, el alma nómada que escribe este humilde blog.
Descubrí mi pasión por el desierto en 2010, y ahora vivo Africa.
Cambié el asfalto de Granada por las dunas de Erg Chebbi, en Marruecos, dónde combino una vida sencilla y tranquila en el desierto, con una vida viajera itinerante por el mundo.
Tengo una agencia de viajes alternativos. Fotografío y escribo.
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3 comentarios en esta entrada

  1. Hola Alicia.
    Yo tuve la suerte, de conocer Abené, así como otros pequeños pueblecitos cruzando desde Gambia a La Casamance y quedé enamorada de ellos. Me sorprendió mucho la practicamente ausencia de turismo en toda esa zona tan espectacularmente hermosa, hoy los he recordado gracias a ti.
    Un abrazo.

    1. Que bueno verte por aquí Xoana!
      Cierto lo que dices… sorprende que a pesar de ser paisajes y lugares preciosos, no hay apenas turismo, o al menos, no hay turismo tan corrosivo como en otros lugares del mundo, afortunadamente.

      Un abrazo galega!!

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