Carretera y Manta: Un viaje improvisado

 

CARRETERA Y MANTA: UN VIAJE IMPROVISADO

La puesta en marcha tras el contratiempo del aeropuerto no fue fácil. A él se le sucedieron otros infortunios que logramos solucionar con paciencia y positivismo, al tiempo justo de no tirar la toalla y abandonarnos a nuestra “mala suerte”

Sin planear demasiado ni meditar qué llevar, saco de mi mochila toda la ropa de verano, tirantes y demás prendas no aptas para usar en un país musulmán, y elijo una vestimenta un poco mas adecuada, pues ya asimilé que la carretera a miles de kilómetros a la redonda, no me llevará a un lugar ajeno al Ramadán. Me esperan además  kilómetros de desierto, entre otras cosas. Se estaba por venir toda una aventura.

CARRETERA Y MANTA

Salimos tarde y conducimos hasta ya entrada la noche.
El día nos sorprende en la parte de atrás del 4×4, en medio de un campo de acacias, flanqueadas por las áridas montañas del macizo del Saghro.

Me desperezo y tomo conciencia de la nueva realidad: no sé exactamente donde vamos, ni hay plan trazado, si quiera a corto plazo, y precisamente esto es lo que me hace sonreírme.

Una buena compañía, todo un desierto de miles de kilómetros de paisajes diferentes y mucho por venir.
Todo incierto e improvisado, y ya no me importa nada, no estar en Cabo Verde.


LOS CAMINOS INVISIBLES DEL DESIERTO NOS ESPERAN.

 

 

La música de Tinariwen hace vibrar los altavoces, las horas corren canturreando, hablando, pensando…
La ruta nos regala una suerte de paisajes contrastados, unos conocidos, otros no.
El agua y la abundancia del Valle del Draa dan paso a la aridez absoluta. Extensiones inmensas de hammadas yermas y ausentes de vida. Y así sucesivamente.

Un sol justiciero se impone en lo más alto del cielo. Los 47 grados ahí fuera ponen de manifiesto el inmenso poder de la naturaleza, que nos planta en condiciones extremas a su antojo, para que no olvidemos quién manda aquí.
El calor por momentos es insoportable, pasamos por pueblos inertes de adobe, camuflados entre la tierra de las montañas del mismo color.
En ellos impera un silencio sepulcral. Es el silencio de Ramadán en el desierto. La única forma de conservar un mínimo de energía.

 

 

 

El desierto me sigue emocionando aunque sea nuestra cotidianeidad. Tanto que olvidamos comer, mientras atravesamos sus paisajes, sintiéndonos dichosos.

Hasta que sin darnos cuenta… topamos con atisbos de vida:

Atravesamos el pueblo de Tisnt. Un cartel antes de abandonarlo no nos pasa desapercibido “Cascadas”, reza en árabe la placa.
“¿Cascadas en medio de esta aridez?” Nos parece imposible que esas montañas de estratos que deslumbran al mirarlas por el reflejo de un sol de verano, pueden albergar ni apenas un arroyo.
Un paisano lee la duda en nuestras miradas, y minutos después ya estamos caminando tras él bajando la escalinata que desemboca en una especie de lago con pequeñas cascadas.

En las oquedades de las rocas que arropan aquellas aguas descansan decenas de hombres. Unos juegan a las cartas, otros escuchan música o simplemente duermen.
Todos, esperan la hora del desayuno, la ausencia de sol que marca principio y fin de la penitencia.

 

 

Me acerco al lago acalorada y contemplo el agua turquesa algo temerosa. Nadie se baña en esa zona y dudo si el motivo puede algún peligro.
Ante mis ojos aparece un pequeño de unos 10 años que entra y sale del agua deslizándose como un pez, una y otra vez, mostrándome todo su repertorio de acrobacias, propias de alguien que creció nadando en esas aguas.
Cuando me ve convencida, desaparece y me deja el lago entero para mí.
Aun soy prudente. Me meto poco a poco, sin desprenderme de mi chilaba, y disfruto unos minutos del privilegio de darme un chapuzón, en medio del desierto, bajo un sol abrasador.

 

 

Mohamed, nuestro nuevo amigo, está feliz de haberse convertido en nuestro espontáneo anfitrión aquella tediosa jornada de ramadán. Quiere mostrarnos la belleza de su pueblo y nos invita a cambiar de lugar.

Hoy estamos felices de lo que nos está dando el viaje. Empieza a fluir. Nos dejamos llevar sin plan ni pretensión.
Somos almas nómadas de la vieja escuela. Así nos gusta movernos:

Carretera, manta, desierto, improvisación.
Y lo que aun no sabíamos: un salto a otro mundo….  

 

 

Carretera y manta: sin fronteras (transahareando)

Este post forma parte de una serie temática llamada “Carretera y manta: sin fronteras (transahareando)”
Empezó con una frontera cerrada y finalizó con un gran viaje inesperado, y muchas sorpresas.

Lee las publicaciones en orden aquí:

 

Soy Alicia, el alma nómada que escribe este humilde blog.
Descubrí mi pasión por el desierto en 2010, y ahora vivo Africa.
Del asfalto de Granada a las dunas del desierto.
De nómada solitaria, a familia viajera multicultural, viajera y emprendedora.
Tengo una agencia de viajes alternativos. Fotografío y escribo.

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