Historias conectadas, en el desierto de Erg Chebbi.

Historias conectadas, por los caminos invisibles, en el desierto de Erg Chebbi.

 

Hacía ya unas semanas que mi Citroen C15 andaba rara. De repente se apagaba y ya no arrancaba más.
Y me tocaba quedarme tirada, en mitad de la nada, en plena hammada del desierto de Erg Chebbi.

Mi amigo Hamid me enseñó a hacerle un “puente”, y así iba yo siempre, preparada con mi destornillador a mano, y cuando decía de no arrancar, abría el capó, hacía el contacto tal y como me había enseñado, y tras un par de chispazos volvía a rugir como si nada el motor.
Finalmente tuve que cambiarle la batería, tras muchos “apaños” sin que ninguno funcionara del todo bien, pero antes de eso, la avería me llevó a vivir mas de una aventura…

 

Un sábado de primavera del año 2011 andaba yo vagabundeando por el desierto.
Con unos amigos de la zona, decidimos que ya era hora de ver algo mas que dunas y dromedarios como veníamos haciendo las últimas semanas, y fuimos al mercado semanal de Erfoud, una de las ciudades -junto a Rissani- en la que los pequeños pueblos y asentamientos seminómadas del desierto, se abastecen de tanto en tanto, de lo necesario para vivir junto a las dunas.

Nos zambullimos en la civilización y recorrimos el bullicioso zoco caminando entre personas, bicicletas y animales, al ritmo de los gritos de los comerciantes, megáfono en mano, vociferando sus mejores ofertas.

Empachados del jaleo y el gentío fuimos a comer, y ellos decidieron que querían volver a las dunas, para tratar de vender fósiles al gran grupo de latinoamericanos que llegaban esa tarde al Erg Chebbi para ver el atardecer.
Yo, un poco cansada de deambular al ritmo de ellos, ahora “la prisa mata”, ahora “la pachorra remata” decidí quedarme descolgada y volver a mi aire cuando me apeteciera.

Tras varios tés por aquí y por allá, resolví volver a las dunas antes del atardecer, para que no me alcanzara la noche recorriendo pistas del desierto, muchas de ellas invadidas por la arena, porque estábamos en época de tormentas, y mi pequeña furgoneta no estaba preparada para ello.

A medio camino, siguiendo algunas rodadas casi imperceptibles de algunos 4×4, el aire empezó a enturbiarse. Al horizonte, la masa de polvo naranja avanzaba imponente devorando nubes blancas y cielo azul, y convirtiendo todo en el color tierra que transportaba.

 

tormenta de arena. Conexiones y caminos invisibles
Tormenta de arena en el Erg Chebbi

 

Pisé el acelerador cuanto pude y el camino escabroso me permitía, pero el motor, sin previo avisó, y como venía haciendo en esa época, se vino abajo,

Corrí afuera con mi destornillador, abrí el capó e intenté que arrancara. El aire era cada vez mas fuerte y el polvo no me dejaba ni ver ni trabajar bien.

Un coche paró a mi lado para ofrecerme ayuda, Con mi arabo-bereber “de estar por aquí” de entonces, le dije que todo estaba bien, y se fue alejando y desapareciendo entre la nube de polvo.
Cuando ya solo era un punto negro en el horizonte, me arrepentí de no haber aceptado su ayuda.

Monté en el coche entre enfadada y asombrada por la tormenta, y supliqué que pasara rápido. Pero parece que el siroco duraría al menos unas cuantas horas más…
Cuando se hubo dispersado un poco, y podía ver al menos a 3 metros de mis pies, me armé de confianza y salí ahí fuera, para hacer lo que tantas otras veces había hecho con éxito.

 

tormenta de arena. Conexiones y caminos invisibles
dentro de la tormenta… (en Khamlia 2014)

 

El coche arrancó, yo tragué kilos de arena, y llevé conmigo otros tantos en la ropa,
Salí de allí conduciendo tan despacio y prudente como pude. Cuando llegué a las 4 humildes paredes de adobe que por ese tiempo eran toda mi casa, ya era noche cerrada.
Era la primera vez que conducía sola en medio de una tormenta y en la oscuridad, por los caminos invisibles del Erg Chebbi.

 

Historias conectadas….

Hoy, un sábado de primavera de 2016, recorro cómo infinidad de veces en los últimos 5 años, estas rutas invisibles.
Esta vez acompañada.
Detrás de mi, el coche de una amiga se queda atorado en la arena, y como no conseguimos sacarlo a empujones, Kada va al hotel mas cercano a buscar ayuda con el otro coche.

Unos 10 minutos mas tarde, aparece un 4×4 con una cuerda. Ya es noche cerrada.

El conductor se baja, y tras un rápido “salam alikum” y 4 escuetas palabras, se dirige a mi, se me queda mirando y me dice:
“Tú eres la chica que hace unos años intentabas arrancar tu coche con un destornillador en medio de la tormenta. Estabas como a un km de aquí y yo paré para ofrecerte ayuda”

No lo había visto hasta entonces, y de haberlo hecho, ni si quiera recordaría su cara.
Pero ahí estaba él, otro sábado de primavera, 5 años después, reconociéndome en la oscuridad, ayudándonos a sacar ese coche de la arena.

Y recordándome que este encuentro, también tiene una conexión invisible con la historia tan lejana, de mis mas puros años nómadas, como las rutas del desierto…

 

 

 

Información relaccionada

 

Soy Alicia, el alma nómada que escribe este humilde blog.
Descubrí mi pasión por el desierto en 2010, y ahora vivo Africa.
Cambié el asfalto de Granada por las dunas de Erg Chebbi, en Marruecos, dónde combino una vida sencilla y tranquila en el desierto, con una vida viajera itinerante por el mundo.
Tengo una agencia de viajes alternativos. Fotografío y escribo.
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2 comentarios en esta entrada

  1. Yo tuve la fortuna de que me contaras la primera historia precisamente en el viejo Citroën y por el mismo camino. Increíble la segunda coincidencia “conexión invisible como las rutas del desierto ”
    Salud2 Ali. 😉

    1. Grutenrag! Que alegría verte por aquí 🙂
      Cierto, te conté esa historia cuando nos conocimos en el desierto, pero fue en la 2ª c15. La vieja 1ª, descansa en paz en el desguace, y se reencarno en la “tabkhucht”! jajaja

      Si, siempre conexionas invisibles, como las rutas del desierto….

      Espero verte mas por aqui! Un abrazo

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