Aunque nos cierren fronteras, seguiremos viajando.

Abro los ojos y me siento totalmente desubicada.
Mi memoria me dice que mis pies hoy debían haber amanecido dentro de las cristalinas aguas de Cabo Verde. Sin embargo, los hallo dentro de un saco de dormir.

Estoy tumbada sobre una moqueta y escucho susurros en árabe a mi alrededor.

Descubro cautelosa mi cabeza y voy analizando la habitación: la luz intensa, como la de un hospital, el biombo. Un libro con inconfundibles letras en árabe: El Corán.

La realidad me golpea súbitamente. Estoy en la mezquita del aeropuerto de Casablanca, o mas bien, en el espacio de suelo que han decidido dedicar a ello., separando con biombos el espacio de los hombres y de las mujeres.
Recuerdo que estoy aquí porque ayer no me dejaron embarcar. Una vez mas, las fronteras. Otra nueva historia aduanera.

Me siento una intrusa en un lugar sagrado, en el que no he sido invitada. Aunque ciertamente si lo fui, por la policía del aeropuerto, por pura compasión.
Pero antes debemos reubicarnos en esta historia:

Mes de junio. Ramadán 2016. Despertamos a las 4:00 en el desierto. En realidad no he dormido casi nada, un poco por todos los tés de despedida a los que fui invitada, otro poco por los nervios previos al viaje, a los que nunca me habitúo.

Llegamos puntuales al hotel donde debemos esperar al minibús de extranjeros que vuelven desde el Erg Chebbi hasta Marrakech.
Por delante, tenemos más de 700 km, a unos 40º de temperatura, en pleno mes de Ramadán.
Para colmo, me invitan a sentarme en la parte delantera del minibús, junto al conductor, que de no verse a punto del desmayo, no comerá ni beberá en las próximas 11 horas.

El tiempo pasa lento. El paisaje, aunque de sobras lo conozco, no deja de sorprenderme. “las palmeras están espectaculares” pienso “con sus frutos a punto de empezar a madurar parecen una explosión de fuegos artificiales sobre el fondo verde de sus hojas”.

Empiezo a tener hambre, pero sobre todo sed.
Aguanto.
Ni si quiera el conductor espera que yo, no musulmana, ayune. Pero estos años de estrecha convivencia con musulmanes, y el haber vivido la experiencia de Ramadán, me impiden sentirme cómoda haciéndolo frente a ellos.

“este será mi último día de Ramadán” y sentencio esta auto-tortura como mi última penitencia antes de verme sumergida en las aguas turquesas de Isla de Sal, dónde aterrizaré esta madrugada tras un par de vuelos.

Llegamos a Marrakech con el tiempo justo. El vuelo Marrakech – Casablanca se adelantó sin previo aviso.
La voz de megafonía nos reclama con insistencia. El chico del mostrador pone una cara rara y nos comunica que hay algún error con nuestros billetes. Tras unos minutos de tensión, nos hace embarcar inmediatamente.
Casi vemos esfumarse el sueño caboverdiano, pero el destino nos da un poco mas de tregua y tensión a la historia.

Subimos al avión aun en ayunas. Nos han robado los pocos minutos que necesitaba para buscar algo que comer en el aeropuerto.
Una hora después estamos en Casablanca, y nuestros pies corren hasta el control de tránsito… y ahora sí, el tiempo se ralentiza, y nuestro sueño se va esfumando lenta y dolorosamente, sin que nadie acierte a explicarnos el porqué.

 

 

El primer control por el que nos toca pasar lo deja claro: “tú no puedes volar a Cabo Verde”, “pero, ¿porqué?”.
“Esperad aquí al compañero que os explique” y se marcha.
Es justo la hora del desayuno de ramadán. El compi tarda aun 15 min en venir. Mientras, no nos faltan las invitaciones para unirnos a la ruptura del ayuno, pero el hambre y la sed se fueron ahuyentadas por la incertidumbre.

Las siguientes horas transcurren corriendo de un lado a otro del aeropuerto, entre la esperanza y la desesperación.
Rompemos finalmente el ayuno en un rincón del aeropuerto, con dos simpáticas limpiadoras que nos ofrecen todo cuanto tienen para desayunar, y se compadecen de nuestra mala suerte.

La cosa pinta mal. Aun así hacemos un último intento:
Una nueva cola, un nuevo control. Nuevos policías. Caras de no saber nada. Manos temblorosas. Sudor…
Y nada.
Un policía nos pide que lo acompañemos. Por primera vez, alguien nos explica lo que está pasando:

Mi pasaporte, el rojo. El español, el poderoso, no es el problema.
El problema es Kada. Su pasaporte, verde e insignificante para las aduanas, incluso la africanas.

La historia se salda así:

Una nueva ley, impuesta por la policía marroquí, exige visado para salir a ciertos países, aunque el propio país no lo solicite.
Se trata de medidas antiterrorismo, nos dicen.
En este caso, Cabo Verde no exige visado previo, pero Marruecos, para salir del país, si.

Y he aquí, una española y un marroquí, desmoronándonos ante la frontera espinada de un sueño imposible. Otra frontera infranqueable.

 

 

Los dos siguientes días transcurren encerrados en el aeropuerto. Durante el día, compartimos angustias con otras almas atrapadas en el, por motivos diversos.
Por la noche, nos despedimos junto al biombo-frontera, y cada uno va a dormir a su lugar.
Y a mi ya empieza a cansarme que traten de tenernos tan “ordenados” en todas partes…

De madrugada, los rezos en masa nos recuerdan que estamos en Ramadán. Y las intensas luces blancas, que seguimos en el aeropuerto, y en unas horas nos espera un largo día de lucha por poder viajar, o cambiar el vuelo, o que al menos, nos devuelvan nuestro dinero por habernos dado una información errónea en el momento de la compra de los billetes.

 

 

Mientras tanto, familia y amigos, cruzan fronteras virtuales para abrazarnos y ayudarnos en la búsqueda de soluciones.
Lamentablemente, frente a una frontera aeroportuaria cerrada poco podemos hacer.

Y habiendo viajado, un poquito a Angola, un poco a Guinea y otro poco a Senegal, de la mano de sus paisanos, sin movernos del aeropuerto, 2 días más tarde, y sin haber conseguido ninguno de nuestros propósitos, un tren nos aleja del aeropuerto, y comenzamos a deshacer los 800 km que nos quedan de vuelta a casa, con la única certeza de que

“aunque nos cierren las fronteras, seguiremos viajando”

Y en nuestras almas nómadas, empieza a gestarse la ilusión de un nuevo viaje…  que dará comienzo unos pocos días mas tarde.

¿Destino?… en el próximo capitulo

 

El símbolo amazigh representa “los hombres libres”

 

Carretera y manta: sin fronteras (transahareando)

Este post forma parte de una serie temática llamada “Carretera y manta: sin fronteras (transahareando)”
Empezó con una frontera cerrada y finalizó con un gran viaje inesperado, y muchas sorpresas.

Lee las publicaciones en orden aquí:

 

 

Soy Alicia, el alma nómada que escribe este humilde blog.
Descubrí mi pasión por el desierto en 2010, y ahora vivo Africa.
Del asfalto de Granada a las dunas del desierto.
De nómada solitaria, a familia viajera multicultural, viajera y emprendedora.
Tengo una agencia de viajes alternativos. Fotografío y escribo.

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